
Me espanta tanta confusión creada a nuestro alrededor para perdernos a muchos, nos hacen perseguir fantasmas que llevan a laberintos imposibles. Allí nos agotamos entre salidas falsas y puertas clausuradas creyendo ser nosotros los que elegimos el camino, lejos estamos de imaginar los mecanismos...
Por Hender Deep
A veces quisiera, como Diógenes, tener una lámpara que me alumbre en todo momento para buscar el destino de la humanidad y saber qué es lo que tengo por hacer para ayudar a alcanzarlo. Esto puede sonar muy pretencioso, sin embargo, si yo soy parte de esa humanidad, ¿por qué no he de ser una fracción de ese destino?
Estarás pensando que es suficiente con ir haciendo paso a paso la vida, pues a veces resulta muy difícil darse tiempo para saber algo sobre el futuro personal.
Me espanta tanta confusión creada a nuestro alrededor para perdernos a muchos, nos hacen perseguir fantasmas que llevan a laberintos imposibles. Allí nos agotamos entre salidas falsas y puertas clausuradas creyendo ser nosotros los que elegimos el camino, lejos estamos de imaginar los mecanismos del sistema social, en realidad son otros los que empujan hacia el sendero que les conviene transitemos.
Por momentos en nuestra vida sentimos profunda la frustración, creemos no tener tiempo y, sobre todo, no saber cómo aprovechar la oportunidad ofrecida por la vida para conocer la verdad de lo que somos como individuos y del papel que debemos desempeñar. Ráfagas de luz hablan de haber permitido ser engañados, traicionando nuestro transcurrir en la vida.
En algunos momentos del existir creemos tener fuerza suficiente para transfigurarnos y mudarlo todo, pero el tiempo pasa y dejamos en suspenso esa capacidad transformadora, nos gana lo fácil, el mínimo esfuerzo y así son nuestros resultados.
Sabemos que podemos, todo es cuestión de decidirnos pero del mismo modo lo postergamos hasta recibir un nuevo estimulo externo, pero este pinchazo nunca es tan fuerte como para motivar el inicio y sostenimiento de la tarea que nos ha de cambiar.
No decir nada, guardarlo como secreto, nos decimos “para que no se cebe”, pero lo cierto es que callamos “para no comprometernos”. Así va tragándonos la vorágine de lo mismo, la insuficiencia, el pero, y el después, se forman como palabras mágicas que levantan una barrera al esfuerzo, al denuedo en nuestra vida, hasta que “llega el día en que el día no llega” y ya nada es remediable. La muerte propia y la ajena huelen a “lo que ya no será” o “lo que dejó de ser”.
Cuando vivimos hay instantes en que sentimos una vitalidad tremenda y creemos ser capaces de todo, luego no creemos tener fuerzas ni saber para desenmarañar ese enorme nudo de desconcierto que tenemos frente a nosotros, entonces optamos por seguir la estampida tratando de alcanzar los inútiles símbolos del triunfo que no son más que fantasmas para la mayoría; nos incitan a perseguir, a soñar los excesos de ese éxito siempre huidizo. Así, alcanzar el “triunfo” a toda costa se constituye en pesadilla diurna que lleva a toda clase de desproporciones para al final caer en cuenta en la falsedad de lo perseguido.
El éxito se disfraza de muchas formas va del dominio sobre los semejantes, pasando por tener el poder para llamar la atención al miren lo que tengo y, por tanto, lo que soy. La ambición de riqueza nunca está satisfecha, no se llega a tener todo, todo, todo, pues todo resulta insuficiente.
Creer y perseguir sin analizar todas las “verdades fundamentales” vendidas por el éxito llevará al primer fracaso. Pues si todos fuéramos exitosos, viendo al éxito como tener en exceso, ¿quienes dejarían de tener?
Bien sabemos que el éxito cosificado, colocado frente a todos, de no alcanzarse, tampoco es para el suicidio, pues hacemos gala de múltiples mecanismos de defensa que impide sentirnos vacios o tontos de capirote.
Los modelos a seguir son esos hombres y mujeres lejanos como personas y tan cercanos por los medios de comunicación que casi nos resultan familiares. Aquellos artistas, cantantes, deportistas, pintores, etc. que por sus múltiples logros se han enriquecido; también están los políticos cuyo carisma fabricado por los medios, los hace líderes y se presentan a “las multitudes” como el hombre que sí trabajará por “su gente”, que su proyecto de gobierno es el “bienestar de todos” y será la razón de ser de su gestión administrativa. También, por supuesto, están los prohombres cuya habilidad en los negocios los llevó al enriquecimiento hasta la pérdida de la noción sobre sus enormes fortunas, aquí tenemos el nombre del Rey Midas mexicano, Carlos Slim.
Pero estos personajes vuelan a una altura lejana y no producen más que indiferencia y cierto aburrimiento. Mucho más cercano a nuestra vida está el vecino, el compañero de trabajo, el amigo, el conocido de la colonia o el barrio, a ese otrora jovenzuelo y de pronto lo vemos bajar o subir de un automóvil lucidor; o los desconocidos que miramos entrar al restaurante del que sólo conocemos la fachada pues el magro ingreso no permite una incursión por sus adentros. Todo esto únicamente es parte de esa gran confusión creada en nuestra mente. Aunque el impedimento para beber y comer opíparamente puede que sí sea muy real.
Entonces nos preguntamos desconcertados ¿Acaso existe el modo de ver todo de distinto modo y que realmente no importe el estar al margen de una vida de lujos? Desde luego, la respuesta es positiva, porque nadie, mucho menos quienes cuentan con recursos económicos tienen una vida regalada, todo absolutamente todo tiene un costo por eso no se puede envidiar nada a nadie.
La confusión de nuestras perspectivas hace colocar en otros situaciones idealizadas carentes de sustento verídico. Tratemos de pensar mejor para encontrar el camino más conveniente para cada uno de nosotros. Cada uno podemos dar con la vía que mejor nos acomode únicamente es cuestión de utilizar lo que todos tenemos: el pensamiento.







