
Para todos los humanos el misterio de la muerte es una fascinación a la cual es difícil sustraerse. Nos sabemos misteriosos de origen y creemos ser un recipiente donde caben todos los secretos, esto lleva a la credulidad y la ingenuidad, actitudes que hacen al timador del más allá.
Por Heleno Vidal
El hombre, dicen, es un mensaje que desea prolongarse en el tiempo. Es decir, consciente de su finitud se niega a ella y desea con vehemencia evadir su oscuro destino: el olvido.
Por eso tiene ansia de penetrar terrenos desconocidos y mira asombrado lo inédito, busca lo ignorado, penetra lo misterioso, compara con paciencia, trabaja con vehemencia, anhela las evidencias, persigue la certeza. Todo ello, a veces lo lleva, a querer seguir “viviendo” después de la muerte para “ver” los resultados de la obra inconclusa. Aunque sea tantito, sensorial o espiritualmente, es decir, mantener los sentidos o el alma en el aire para enterarse, seguir sabiendo. Este es un añejo y arraigado impulso humano.
Pero esto no ha dejado de ser un sueño, pues los enigmas no sólo están a lo lejos sino que el individuo mismo es un vasto campo donde su espíritu despliega sus misterios. En otro artículo “¡¡Sssssh!! Este es un secreto” hablábamos de la seducción del secreto, pues ser eternos es uno de los sueños más ocultamente acariciados por el hombre.
Para todos los humanos el misterio de la muerte es una fascinación a la cual es difícil sustraerse. Nos sabemos misteriosos de origen y creemos ser un recipiente donde caben todos los secretos, esto lleva a la credulidad y la ingenuidad, actitudes que hacen al timador del más allá. Éste puede internarse a regiones arcanas, buscar y hablar con los espíritus idos, como sucedió a finales del siglo xIx y principios del xx en Europa, cuando el espiritismo hizo furor y cual más cual menos quería contactarse con los espíritus de sus parientes.
Mucho tiempo antes el hombre fue tratando de encontrar respuesta a todo lo oculto, así fueron surgiendo toda clase de explicaciones del mal y del bien, de la salud y la enfermedad, de la vida y la muerte, de la lluvia y la sequía; de dioses furibundos y apaciguados por la intermediación de los hombres entendidos en sus enigmas, capaces de explicar el más intrincado de los fenómenos naturales, claro está, atribuyéndolo a la furia o magnanimidad de esos dioses ubicados en regiones ignotas y sumamente cercanos cuando era preciso el castigo.
Por eso, fuera del ámbito de las incógnitas planteadas por el carácter, a veces incomprensible, de los dioses, el hombre común se dio a la tarea de comprender cómo y cuando daban fruto los árboles, criar a los animales en cautiverio para que se reprodujeran, sembrar una semilla, curar sus heridas o malestares con hierbas y emplastos, averiguar el tránsito del sol durante el año para arrancarle los secretos de las diversas temporadas, de los fríos, las lluvias, los días cálidos, la influencia de la luna en su aparecer y ocultamiento, del recorrido de otros astros por ese recóndito espacio visto a lo lejos, etc.
Pero el hombre no sólo se ha vertido al exterior sino que también se ha clavado en su interior, tratando de saber más sobre sí mismo. Miles de millones de hombres han pasado por la faz de la tierra sin conocer “la naturaleza de sus emociones, de sus deseos, de sus aspiraciones, de sus angustias o sus pensamientos”. Manipulados y llevados a la muerte o a matar, a padecer una vida infame hasta su extinción, a esperar algo indefinible de aquellos que supuestamente se han capacitado para mejorar el destino colectivo, pero que inoculados por la ambición y el poder, sólo han sabido aprovecharse para beneficio propio.







