
Si somos afortunados y “tenemos una muerte bonita” (tener tiempo para decir el adiós definitivo a los que amamos), ese preciso momento puede ser demasiado tarde para muchas cosas, pero todavía ofrece la oportunidad de finiquitar o aclarar algunas necedades dejadas aquí y allá a lo largo del camino andado.
por Hender Deep
A lo largo de nuestra vida, a veces, en medio de un momento de silencio, de modo imprevisto pensamos en voz alta unas frases que expresan nuestra angustia, demandamos ayuda, orientación: ¿qué hago?, ¿qué hacemos? Lo decimos cuando estamos en medio de una perplejidad enorme, desconocida, llegada de algún sitio remoto. Una vez más sentimos estar parados frente a un callejón sin salida, empantanados en preguntas, sin posibilidad de respuesta.
Algo en nuestro interior se rebela pero no sabemos cómo explicarlo ni cómo darle cause. Los múltiples quehaceres desempeñados para sobrevivir nos entierran más y más en el letargo de la desidia, el desgano se apodera de la curiosidad y la tecnología creada nos lleva por el camino fácil de las aventuras ajenas y las vivencias anheladas a través de imágenes hechas por otros.
Nos resulta sencillo adoptar al personaje de nuestras preferencias y “vivir” una vida de lances y acontecimientos sin riesgo ni mucho esfuerzo personal, pero totalmente insatisfactoria.
Después de aquellos momentos de lucidez cuando nos rebelamos al conformismo, sacudimos nuestra mente y cuestionamos el hacer, parándonos en el umbral de la rebeldía, la inconformidad; desgraciadamente eso dura sólo unos instantes, poco después la inercia vuelve a apoderarse del tobogán de nuestra vida, lanzados en la rápida pendiente avizoramos, en forma inesperada, el indeseado fin. Veloz llega el arrepentimiento de haber permitido a otros jugar con lo único verdaderamente propio: una vida cortita para vivirla y saber lo que es.
Si somos afortunados y “tenemos una muerte bonita” (tener tiempo para decir el adiós definitivo a los que amamos), ese preciso momento puede ser demasiado tarde para muchas cosas, pero todavía ofrece la oportunidad de finiquitar o aclarar algunas necedades dejadas aquí y allá a lo largo del camino andado.
Pero si el problema es sentirnos viejos o que el tiempo de aprender ya pasó, déjame decirte que nunca es tarde para indagar, acercarnos a la verdad y esforzarnos por agregar a la existencia personal algo de qué sentirnos orgullosos. Todos tenemos una forma única de ver el mundo, que a muchos puede resultarle interesante.
Irnos por el trillado camino de ambicionar lo que unos cuantos tienen es una pesadilla que nos empobrece más. Este envidiar implica rechazar esto que somos, lleva a la inconformidad, pero esta rebeldía es estéril, nada nos deja, sólo mayor dolor.
Nos creemos rebeldes contra el destino en suerte, somos insurrectos contra el ayer, el presente y, tal vez, con el futuro adivinado; por eso la inquietud por transformarnos, el sueño de mudar todo de un plumazo, de ser posible.
Mucho se nos ha engañado diciendo que la verdad no existe pues lo que hoy es verdad mañana deja de serlo. Esto es cierto, porque la verdad no es estática, los nuevos descubrimientos abren otras interrogantes, lo desconocido es infinito, pero esto no significa que no sepamos nada o que no valga la pena el conocimiento. La humanidad precedente y la actual tienen las piezas de un rompecabezas único, maravilloso y perdurable, de nosotros depende querer o no armarlo.
Si el conocimiento no fuera comprensible ¿por qué las instituciones públicas y privadas invierten miles de millones de dólares en investigación para comprender más nuestro universo, mejorar la tecnología, predecir la conducta humana y muchos temas más?
Si bien la verdad es relativa sí vale la pena esforzarnos por saber más. Opinar lo contrario significa aceptar como válida la preferencia por ignorarlo todo, compartiendo la idea de permanecer satisfechos en la ignorancia.
De no querer esto, busquemos incansablemente por nosotros mismos y, después, lleguemos a las conclusiones más disparatadas pero por nuestra propia iniciativa, lo importante es quitarnos de una buena vez la majadera venda puesta sobre nuestros ojos.
¿Crees vale la pena vivir, lo que quede de existencia, aceptando lo que unos pocos quieran sepamos, movernos hacia donde ellos deseen, permanecer en el sitio donde ellos quieran tenernos?
Por ello te invito a que mantengamos el grito de rebeldía con causa hasta el fin de nuestra vida y realicemos el esfuerzo requerido. Neguémonos a seguir en esa pasividad aprendida, “que bonito es no hacer nada y después de no hacer nada descansar”, como diría el fatigado permanente.
Todos vamos por la vida cual houdinis atados de cadenas y candados imposibles, eso sí vale reconocer la magia de los líderes políticos, sociales y religiosos, de todos los tiempos, al acostumbrarnos a no sentir el peso de tales ataduras. Por eso el canto a la rebeldía, aunque parezca extinto, es vigente, hagamos resurgir el himno a la insubordinación para que persista como símbolo del hombre nuevo, vivir sin viejas y nuevas ataduras impuestas por los beneficiarios de esta sociedad, es decir, de esos agraciados enfermos de ambición y poder.
Finalmente, aquí encajan las preguntas: ¿Rebelarnos contra quién?, ¿rebelarnos cuándo?, ¿rebelarnos hacia dónde? La primera respuesta será: en contra de nuestra ignorancia; la segunda es: hoy, a qué esperar, y la tercera es: hacia la construcción de una vida individual y social sustentada y movida por el amor y el saber.
Ya iré explicando, lo anterior. No, no se trata de una nueva religión, ni la visión de un profeta afectado por densa capa de soledad, eso sí, tal vez sea la utopía de un extraviado que ambiciona ampliar su congregación de sabedores amorosos a miles, millones de seres inflamados por el anhelo de la transformación individual y colectiva.







